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¿Estaremos leyendo el potencial del lugar?

¿Estaremos leyendo el potencial del lugar?

 

Susana María Montesinos Abati

 

Es posible que cinco años sean pocos para entender las razones que nos llevan hasta un lugar. Quizá respondan al humano afán de proyectar y materializar anhelos fabricados en otro tiempo y en otro contexto. Puede ser un encuentro áspero y lleno de tribulaciones hasta que soltar y dejarse llevar parece ser la única alternativa. Entonces, las razones que nos convocaron se transmutan y nos ponemos al servicio del lugar, dispuestos a lo que tenga que ser. Cinco años hace que conocí a Gonzalo y a su tierra.

Desde niño Gonzalo acompañó a su padre a cultivar milpa en el predio “Divisadero”.  Tantos años pasaron que se diría que acabó por fundirse con el lugar. La vida los alejó temporalmente, como lo hizo con tantos campesinos y sus tierras, hasta que nos reunió a los tres. Dio origen a un nuevo sistema cuya función nadie tenía muy clara y a dónde llegaba yo como una verdadera intrusa.

Una nueva actitud

Cinco años llenos de fracasos productivos, confrontaciones con los vecinos ejidatarios, cientos de árboles perdidos en las crudas heladas y mucha rabia acumulada hacia chapulines y hormigas. Todo eso dio paso a una nueva actitud y al fin de la eterna pregunta a Gonzalo por instrucciones. Siendo la “patrona”, (supongo yo que pensaría él), me correspondía tomar las decisiones y a él acatarlas. Un reparto de roles históricamente aceptado que me otorgaba una autoridad adquirida pero no ganada, cuyo absurdo apenas vislumbro. Pero así fue, hasta que me rendí.

No me rendí a Gonzalo porque de acuerdo a mis nuevos aprendizajes, tampoco sus propuestas convenían del todo al lugar. Cultivar como siempre no nos llevaría muy lejos y si bien no había propósitos claros de qué hacer, había certeza de lo que no: no volveríamos a cultivar milpa con el agua que cayera del cielo cuando decidiera hacerlo. Para eso no se requeriría una maestría en Agroecología ni una patrona para Gonzalo. En su lugar, me rendí a escuchar y mirar lo que se me mostraba sin más y así se abrió ante mí una finca distinta a la de siempre: en la que me sentía privilegiada de tener a Gonzalo de guía y compañero.

Él sabe cosas que quizá no considera relevantes y a mí me siguen dejando con la boca abierta. No presume de distinguir entre más de veinte variedades de nopales que sin tunas son idénticos, ni de saber que el epazote sólo crece en la orilla de la cárcava que se forma cuando llueve de cierta manera con las nubes provenientes de cierto lugar. Un conocimiento natural que brota cuando mira al cielo y obtiene lo que busca o al dar con la ubicación de un espécimen extraño cuya existencia sólo él intuía. Un genuino tesoro que evoca la conexión entre un hombre y su tierra que aún me conmueve profundamente.

Así que abandoné el rol de “patrona” y me di a la tarea de desentrañar la sabiduría acumulada en Gonzalo, como en un eterno deshilado que comenzó a expresarse en posibilidades. Un ejercicio de mirada apreciativa de la belleza de lo que había en el lugar y en cada uno de nosotros.

Nuevos colaboradores aparecieron

Encuentros, sinergias, intuiciones y ocurrencias comenzaron a cobrar vida; nuevos actores y colaboradores aparecieron. Gerardo Ruíz, permacultor especializado en el paisaje árido, nos abrió los ojos ante el potencial de la vaina del mezquite y nos animó a tomar el taller de poda formativa. Con éste encontramos un montón de leña fresca bien cotizada en el mercado y se hizo visible para nosotros el ignorado, despreciado y pisoteado paixtle (Tillandsia recurvata). Permanecía caído en el suelo, a la sombra de los mezquites hasta aquel día que reclamó su potencial; resultó ser excelente fuente de biomasa (tan escasa en el semiárido) y encontró su mejor destino como cobertura del suelo desnudo de la milpa. Un desencuentro con un vecino sugirió la insólita posibilidad de producir miel ¿Con qué flores?, pensé. Eran imperceptibles para mí pero no para las abejas ni para Gonzalo, de hecho brillan por doquier y ahora también doy fe de ello.

A veces me pregunto si en este nuevo fluir estaremos leyendo el potencial del lugar y si vamos por buen camino. Pareciera que sí pues lo plantado crece en vitalidad y las ideas llegan espontáneamente, tienen sentido y se pueden realizar. Nos sentimos inspirados, conectados entre nosotros y nos entendemos casi sin palabras. El lugar nos transforma y nos muestra que el mejor aporte es hacernos disponibles a él. Se disipan los límites y reconocemos potenciales y conexiones más allá del pequeño lugar. Si bien este ha sido el nido, aquí ha nacido el anhelo de llevar los aprendizajes muy lejos, como modelo para que lugares hermanos descubran su potencial.

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