
De Davos al terreno real: cuando la sostenibilidad se vuelve portafolio de acciones
febrero 23, 2026La Reserva y Estancia Ecológica Yoo’Nashi que protegen con mucho amor Vanesa y Mariano, llegó a mi vida como llegan los lugares que no se olvidan, sin expectativas. Para mí, pasear en Oaxaca es especial; mi abuelo nació en esa tierra y yo buscaba en la gente mis raíces. Lo viví como un regalo que la selva decidió compartirme.
Fui a Oaxaca a una expedición con el Club Citlaltépetl, que lleva explorando México por más de cien años. Recorrimos de San José del Pacífico a Huatulco, caminando más de cien kilómetros. Fueron días llenos de aventura y retos.
Recuerdo la primera vez que caminé entre sus senderos. La humedad en la piel y el canto de las aves envolviéndolo todo me hicieron sentir en un espacio donde el tiempo deja de presionar. Ahí entendí que Yoo’Nashi no es un destino, es una pausa que te invita a volver a ti.

Foto de Marcela Treviño
Aprender a habitar la selva
La convivencia con la comunidad de Arroyo Xúchitl me enseñó algo profundo, que la naturaleza no es un paisaje que visitamos, es una relación que cuidamos. Observar la biodiversidad, endémica y migratoria, despertó en mí admiración y responsabilidad. Aprendí a mirar sin tocar y agradecer sin llevarme nada.
Caminar sus senderos fue también caminar mis propios pensamientos. Me dejé guiar por el sonido del viento y la intuición, sin prisa ni expectativas. En esos momentos sentí que la selva no solo me rodeaba: me sostenía.
Las experiencias comunitarias fueron un abrazo al alma. Preparar nieves de barril con Gaby, Deivis y su hija no fue solo cocinar; fue compartir historias, risas y memorias que saben a hogar. El aroma del comal y la paciencia del proceso me recordaron que la felicidad es sencilla.
Sabores que cuentan historias

Foto de Marcela Treviño
La experiencia del cacao fue todavía más íntima. Ver la semilla transformarse en chocolate artesanal, guiada por manos que honran una tradición ancestral, me conectó con identidad y gratitud. Cada sabor era una historia y cada textura un puente con nuestras raíces.
Cuando pienso en Yoo’Nashi, no recuerdo solo paisajes. Recuerdo cómo me sentí: tranquila, presente y ligera, como si la selva me hubiera susurrado otra forma de vivir. Una vida con más respeto, comunidad y amor por la tierra.
Y quizá eso es lo más valioso que me llevé de ahí: la certeza de que existen lugares que no te pertenecen. Sin embargo, de alguna forma, te transforman para siempre.
Un aula viva para la vida

Foto de Marcela Treviño
Mi paso por Yoo’Nashi me permitió comprender que la conexión profunda con la tierra es el primer paso, y quizás el más genuino, hacia una educación para la sostenibilidad. No se trata solo de acumular datos sobre el ecosistema, sino de transformar nuestra sensibilidad, entender que proteger el entorno nace de un vínculo afectivo y del reconocimiento de nuestra propia interdependencia con la naturaleza.
Al aprender a «habitar» y no solo a «consumir» el paisaje, la sostenibilidad deja de ser un concepto teórico para convertirse en una práctica cotidiana de respeto y reciprocidad. Esta experiencia me enseñó que la verdadera educación ambiental ocurre cuando:
- Reconocemos el valor de lo local: Honrando las tradiciones y los tiempos de la tierra.
- Fomentamos la empatía comunitaria: Entendiendo que el bienestar de la selva es inseparable del bienestar de quienes la cuidan.
- Asumimos una ética del cuidado: Donde cada acción, desde la semilla del cacao hasta el sendero recorrido, se realiza con la conciencia del impacto que dejamos atrás.
En definitiva, Yoo’Nashi no solo me devolvió a mis raíces, sino que me educó en una nueva forma de estar en el mundo: una donde la sostenibilidad es, ante todo, un acto de amor y gratitud hacia aquello que nos sostiene.
Escrito por Marcela Treviño Feria, estudiante de la Maestría en Innovación Educativa para la Sostenibilidad.
“Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de los autores y pueden no coincidir con las de la Universidad del Medio Ambiente”.

