De la UMA al territorio, una trayectoria de egreso
marzo 19, 2026Leer la Utopía de Tomás Moro me hizo pensar en cómo se reescribiría ese libro hoy. Lo leí hace 3 años y desde entonces mi mente imaginativa y creativa pero muy racional, no ha dejado de reimaginar obsesivamente sobre cómo podría ser la vida en este planeta. Balanceando los avances y conocimientos a los que hemos llegado como humanidad, pero respetando los límites planetarios y el delicado equilibrio de la vida.
Yo me imagino un mundo futuro (no tan lejano) en el que los seres humanos ya hayamos sido capaces de encontrar un rol regenerador con el resto de la naturaleza. Una sociedad en la que poco a poco hayamos logrado transitar y calibrar hacia un sistema económico y productivo basado en el valor de la suficiencia. Un mundo en el que la existencia o el sentido de vida sea uno muy diferente al actual: con mayor espiritualidad, agradecimiento por la creación y por la vida, mucho más disfrute y felicidad reales, mucho más baile, comunidad, bienestar.
Imagino un mundo en el que ya no hubiera países. Habría un gobierno mundial, absolutamente transparente, y democracia real, donde cada persona tuviera una voz, un voto, facilitados por la visibilidad que permitiría la tecnología de las comunicaciones.
Imagino ciudades pequeñas repartidas por toda la tierra, en donde cada persona viviera en un hogar digno. Cada aldea o pueblo tendría sus características y costumbres propias. Las personas podrían viajar y conocer las diferentes culturas.
En el mundo actual, me pasa que pareciera haber demasiado de todo, mucho más de lo que el mundo necesita: mucha más ropa, comida, cosas. Me parece abrumadora la cantidad de cosas (muchas de ellas innecesarias) que hay cada centro comercial. También me parece agotadora la cantidad de gastos y pagos que hay que hacer como mamá de una familia en un día normal. En mi utopía, la producción estaría enfocada en generar lo necesario y suficiente. Los modelos tecnológicos ayudarían a tener perfectamente medida la cantidad de cosas necesarias para la vida, sin tener desperdicios. No existiría el marketing. No habría que convencer a nadie de comprar algo.

Imagen tomada de la página Shutterstock
Eso no significa que viviríamos sin ropa bonita, sin arte, sin belleza, sin artículos de cuidado personal, sin comida rica, sin salud, sin bienestar. La belleza y el disfrute representan una dimensión muy importante de la vida humana, y no la deberíamos dejar fuera de la ecuación. Pero habría balance.
Toda la gente trabajaría en puestos realmente necesarios. Se podrían quedar el tiempo que quisieran en cada trabajo, buscando disfrutar lo que hacen y buscando tener un buen balance de vida. Podrían hacer una pausa para descansar o viajar conforme lo sintieran necesario. El sentido de suficiencia haría que la gente se regulara y fuera justa; que estuviera consciente de su rol e importancia dentro de su comunidad; cada persona se sentiría valiosa e importante, reconocida como parte de una comunidad.
Los modelos tecnológicos inteligentes serían el sistema central transparente que representaría a la humanidad, y que administraría constantemente toda la demanda de producción suficiente, la demanda de puestos de trabajo necesarios, y la oferta de recursos y personas. Esa inteligencia artificial estaría configurada para administrar poniendo la vida y el bienestar/cuidado de todos al centro. Nadie batallaría para encontrar trabajo como sucede hoy. Nadie batallaría para tener comida, hogar, ropa, agua. Porque habría suficiente para todos. Todo sería de todos. Nadie ganaría más o menos por hacer el trabajo que les toca. No habría dinero, no habría capitalismo.
La avaricia sería muy mal vista y sería rechazada por la comunidad; ni siquiera tendría sentido ser avaricioso, porque el sentido de la vida se encontraría en otra cosa completamente diferente a lo que conocemos hoy, lejos de la acumulación. Los humanos se concebirían como parte de un todo y no como individuos independientes, al igual que las abejas de una colmena. Cada persona sabría el impacto que sus acciones tendrían en el resto y en sí mismos.
Todo el mundo sembraría y cosecharía alimentos endémicos en su hogar, para su propio consumo o para intercambiar.
Las armas no existirían. Al tener mayor consciencia y transparencia, la humanidad sería mucho más pacífica y sabría que en los conflictos siempre se pierde. Es mucho más inteligente buscar el bien común. No habría competencia. Habría bienestar y colaboración.
No existirían las escuelas. Todo el conocimiento del mundo estaría disponible para todas las personas, todo el tiempo. La vida entera sería la escuela, no habría límite para el aprendizaje. Habría parques y lugares comunitarios hermosos a los que la gente podría ir a conversar sobre ciertos temas.
No habría alimentos dañinos para nadie. Solo se produciría lo que hace bien a la mayoría. Todo lo que se produjera tendría un diseño circular.
La gente se dedicaría a realmente vivir. A bailar, a ver estrellas, a crear arte, a escribir, a explorar, a aprender, a hacer deportes por disfrute y no por competencia, a simplemente respirar y ver nubes con calma. Mañanas tranquilas. No habría tráfico, habría sistemas de transporte público y muchas bicicletas.

Imagen tomada de la página «La Nación»
El resto de la naturaleza estaría en armonía y en abundancia. La vida y la existencia tendrían un sentido mucho más rico.
Quisiera invitar a todas las personas a imaginar su utopía y a darse cuenta de que somos seres que podemos imaginar, diseñar, organizar y trabajar para ir hacia esos nuevos horizontes.
Escrito por María Fernanda Siller, estudiante de la Maestría en Innovación Educativa para la Sostenibilidad.
Las opiniones incluidas en este artículo son responsabilidad de quien las escribe, y no reflejan la postura, visión o posición de la Universidad del Medio Ambiente.

