
¿Las certificaciones de edificación sustentable realmente son sustentables?
enero 7, 2026En mi paso por la Universidad del Medio Ambiente (UMA) he aprendido que cuidar el ambiente no es solo proteger bosques, mares o especies. También significa cuidar lo que nos hace profundamente humanos: nuestras relaciones, nuestras emociones, nuestras distintas formas de pensar y de sentir el mundo.
Cuando recordé la frase “cuidar el ambiente es cuidar a la gente”, muy usada en una escuelita ambiental en la que tuve oportunidad de colaborar como voluntario, resonó en mí más allá de lo académico. Me hizo darme cuenta que no hay un afuera separado del adentro: el bienestar de la Tierra y el bienestar de quienes la habitamos están profundamente entrelazados.(Capra & Luisi, 2014).
En la naturaleza, la biodiversidad es señal de salud y resiliencia; en lo humano, esa fuerza proviene de la diversidad que llevamos dentro como comunidad. Y dentro de esa riqueza, la neurodiversidad ocupa un lugar especial para mí, porque ha sido parte de mi propia historia.
El cambio empieza dentro
Por mucho tiempo enfoqué mi energía trabajando temas socioambientales y poniendo principal atención en todo lo que estaba fuera: restaurar un ecosistema, reducir la contaminación, impulsar cambios en comunidades. Todo eso es valioso, pero aquí, en la UMA, he aprendido que los procesos regenerativos también empiezan en mi interior.

El enfoque regenerativo nos recuerda que no podemos crear un cambio profundo y duradero si no cultivamos, en paralelo, un trabajo interno de autoobservación, introspección y reconexión (Mang & Haggard, 2016). Esto implica reconocer nuestras sombras, patrones aprendidos, miedos y bloqueos, así como nuestras fortalezas y potenciales. A veces ese trabajo interno es incómodo, porque nos lleva a cuestionar creencias, reconocer heridas, debilidades o aceptar partes nuestras que no siempre habíamos querido mirar.
La Agencia de Cambio: un laboratorio de ser y hacer
Uno de los espacios más potentes que he descubierto en la UMA es la Agencia de Cambio. Ahí, a través de la investigación activa, no solo trabajo en proyectos con impacto socioambiental, sino que me adentro en un proceso vivo de transformación personal.
En mi caso, fue ahí donde tuve momentos de reconocimiento profundo: darme cuenta de que mis maneras de procesar el mundo, de aprender y comunicarme de manera diferente tenían un nombre. Fue como descubrir una parte de mi identidad que siempre había estado ahí, pero que nunca había reconocido como neurodivergente por intentar encajar en un mundo “normal”.
Este tipo de descubrimientos no solo me han permitido comprenderme mejor, sino también valorar y acompañar la neurodiversidad en otras personas. Porque cuando entendemos que no todos pensamos, sentimos o reaccionamos igual, es más fácil crear entornos seguros donde cada quien pueda florecer.

Trabajar desde el ser
En los modelos regenerativos, trabajar desde el ser significa que la fuente de nuestras acciones no está únicamente en el conocimiento técnico o la planificación estratégica, sino en la calidad interna de nuestra presencia (Wheatley, 2006).
Un proyecto puede fracasar o carecer de impacto no por falta de recursos, sino porque quienes lo impulsan no han cultivado la escucha, la empatía o la capacidad de sostener la complejidad. Por eso, cuidar el ambiente implica también cuidar las condiciones internas de quienes cuidan: salud mental, claridad emocional, sentido de propósito y relaciones de confianza.
Ampliar la mirada hacia la diversidad
Así como un ecosistema sano necesita muchas especies, una comunidad sana necesita diferentes maneras de ver y habitar el mundo. Sin embargo, la sociedad suele imponer moldes sobre lo que es “normal” o “correcto”.
Reconocer la neurodiversidad es un acto de justicia y también una oportunidad. Las personas neurodivergentes —ya sea por autismo, TDAH, dislexia u otras condiciones— aportan perspectivas únicas, a veces invisibles para la mirada común. Sin embargo, estas diferencias muchas veces pasan desapercibidas o son mal interpretadas. Reconocerlas y valorarlas exige ampliar nuestra mirada: ver más allá de los estándares homogéneos de aprendizaje, comunicación y productividad que la sociedad tiende a imponer (Armstrong, 2010; Singer, 1999).
Por Héctor David Arreola Rangel, estudiante de la Maestría en Proyectos Socioambientales. Generación 2024.
Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de los autores y pueden no coincidir con las de la Universidad del Medio Ambiente.


