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El potencial de aprendizaje de esa tierra de cultivo

El potencial de aprendizaje de esa tierra de cultivo

­Susana María Montesinos Abati

Hace unos años adquirí un terreno de 7 hectáreas en el campo para recrearme en la naturaleza y cultivar alimentos para mi familia. Escogí el lugar por encontrarse aislado de todo indicio de civilización y al mismo tiempo a sólo 20 minutos de San Miguel de Allende, ciudad repleta de recursos para la conservación. No había mayor aspiración que la de regocijarme en la naturaleza con la producción de alimentos como excusa.

El reto de mi sueño en el campo

Durante el último año pude dedicarme a trabajar personalmente en el terreno para darme cuenta del enorme reto que supone producir alimentos en el clima semidesértico: temperaturas extremas, heladas y sequías fulminantes de varios meses de calor tórrido. La degradación y el desequilibrio ecosistémico, consecuencia de los antiguos monocultivos de maíz y el sobre-pastoreo, han favorecido la presencia descontrolada de hormigas y chapulines que hacen prácticamente imposible producir hortalizas a campo abierto. Hasta los árboles nativos como el mezquite y el huizache los cubre el paxtle, una bromelia que ha invadido los remanentes de bosque y que acaba lentamente con árboles centenarios.

Así que no estaba resultando fácil cumplir mis aspiraciones productivas y mucho menos disfrutar del campo. Mi única interacción con gente de la comunidad ocurrió cuando el ejido cercó su terreno, bloqueando el acceso en vehículo hasta el mío. El asunto se resolvió solicitando ayuda al Municipio sin embargo, me di cuenta del tremendo abismo cultural que había entre nosotros. Lo cierto es que sólo se veía uno que otro campesino trabajando la milpa de temporal unos cuantos días al año, la interacción no parecía un verdadero problema. El camino de tan poco transitado se fue cerrando y haciendo cada vez menos accesible. No me rodeaban bosques sino pastizales, que con el tiempo descifré eran campos de cultivo de maíz ahora abandonados. Lejos de mortificarme, este descubrimiento me hacía sentir única en el lugar y dueña del paisaje circundante. Mi terreno seguía cumpliendo los requisitos de estar en medio de la nada, un espejismo pues lo cierto es que todas las tierras alrededor tienen propietario.

Estudiar en la UMA inició el cambio

Las cosas empezaron a cambiar en cuanto me convertí en estudiante de la UMA. Allí encontraría las respuestas para entender el lugar y los medios para cumplir pronto mis objetivos. A medida que transcurría el primer semestre experimenté una profunda transformación. El lugar y mis aspiraciones fueron cobrando forma de proyecto y mis vecinos de ¡codiseñadores! Me fui sensibilizando a la situación socioambiental que sostenía mi privilegio de adquirir una tierra a muy buen precio y aunque aislada y solitaria, con posibilidad de contratar mano de obra barata y de gran calidad. La gente que me rodeaba no era de trato fácil pero poco a poco me di cuenta de sus habilidades.

El 10 de mayo de 2018 tuve un encuentro con un vecino que terminó mi transformación personal y la del proyecto. Me abrió los ojos al profundo problema social y ambiental que existe en el campo mexicano, especialmente en los climas semiáridos. La UMA había preparado en pocos meses el terreno de cultivo para poder interpretar aquel evento de una manera nueva.

Marcelino y la tierra de cultivo

Todo empezó con la arremetida del ganado vecino a mi finca. Si las vacas de Marcelino no se hubieran colado a mi terreno y pisoteado mi huerto, yo no hubiera tenido que ir al suyo para cumplir con el protocolo de entrega personal del ganado, junto con el reclamo. Y el reclamo era severo: el esfuerzo invertido en la labranza manual de mi tierra no era poca cosa y pese a mi amor por los animales, no me explicaba por qué habiendo tanto espacio tenían que pasar precisamente por ahí. Puse especial énfasis en lo de la “labranza manual”, como si tuviera más mérito y derecho a ser respetada por ser una práctica antigua y en desuso; como recalcando que jamás daría entrada a un tractor a mi terreno por tener éste una vocación especial y privilegiada respecto a las tierras circundantes: la de ser un prometedor agroecosistema sustentable en desarrollo.

Las vacas se dejaron llevar por el olor a tierra mojada mientras Marcelino se ocupaba en sus abejas. No se disculpó en absoluto. En su lugar y de manera bastante recia, me hizo ver que la responsabilidad era mía por no tener cercado el terreno. En mi defensa no se me ocurrió otra cosa que argumentar que lo tenía así para que los coyotes pasaran (ellos sí), como si él fuera a ver algún valor en eso. El abismo abierto entre el lugareño y yo, agroecóloga neo-rural con cisterna y huerto, aumentaba conforme trataba de defender mi pintoresco proyecto. “¿Dijo miel?, no sabía que por aquí hubiera abejas”, fue lo siguiente que decidí agregar.

Mi huerto era lo único húmedo en kilómetros a la redonda, ubicado en zona rural de Guanajuato y a 30 minutos en burro de la comunidad más cercana, el agua irrumpe con las lluvias y desaparece rápidamente a través de los arroyos que sólo la transportan unas cuantas horas al año. A su paso deja profundas cárcavas y arrastra todo lo que encuentra (sobre todo el suelo desnudo). Así es el agua de Guanajuato: escasa y torrencial. Le dicen agua bronca, como llamaría yo a su gente.

Marcelino se encontraba recostado en el tronco de uno de los escasos mezquites de un pastizal inmenso. Me incomodó, no me había dado yo el permiso de hacer lo mismo. Entendí que la envidia tenía que ver más con su arraigo que con su disfrute. Ese hombre se encontraba en su tierra, la tierra de sus ancestros, correspondía al lugar. La diferencia entre poseer una tierra o pertenecer a ella la encarnaba Marcelino; junto a aquellos agaves en un paisaje que cobraba sentido con su presencia. Ante él me sentía una forastera, agroecóloga de buenas intenciones pero inmigrante al fin y al cabo.

El terreno era enorme para contener algunos panales de abejas, unas cuantas vacas y sólo un vaquero. Sin duda había sido tierra de cultivo, pues se sentían todavía los surcos de la milpa debajo de los pies. Era evidente que llevaba años abandonada al pastoreo indiscriminado. La visión del paisaje escarpado al otro lado del río daba una idea de la lentitud con la que las condiciones del semidesierto permitían la restauración de la vegetación que debió cubrirlo antaño.

 

El potencial

“Tenemos 21 hectáreas” comentó Marcelino orgulloso. Me escandalicé de aquel desperdicio de tierra en una sucesión aparentemente detenida. El agua en Guanajuato no facilita la regeneración natural del bosque de mezquites talado para sembrar milpa, (mucho menos cuando a su abandono se convierte en potrero para el pisoteo caprichoso de las vacas). Me descubrí juzgando la situación antes de procurar entender. Me detuve y empecé a ver el potencial aprendizaje que significaba tratar de descifrar las causas y relaciones involucradas en que un pedazo de tierra ubicado en la región que fuera denominada antaño “el granero de la Nueva España”, estuviera desaprovechada como tierra de cultivo y maltratada como ecosistema.

Mis preguntas tajantes y condenatorias se tornaron humildes a medida que conocía la historia personal de Marcelino. Empezaba a indagar por la historia misma del sistema, la situación cobraba nuevo sentido. Él también era un inmigrante y vivía las consecuencias del desarraigo; estaba pasando unos días en su tierra para conocer a su hijo. Su aventura empezó a los 16 años cuando migró a Estados Unidos en busca de trabajo. Lo consiguió (de sol a sol) poniendo y reparando techos. Sus hermanos se quedaron en Texas, él se fue a buscar mejores pagas más al norte. Vive solo, trabaja muy duro y no vio nacer ni crecer a su hijo.

En su relato no hubo asomo de victimismo, ni siquiera mientras relataba lo duro que era llegar al otro lado desde que los Zetas empezaron a condicionar el paso de los migrantes a cambio de mucho dinero y con el riesgo de ser golpeados y secuestrados hasta su envío. En cambio, sí puede interpretar de sus palabras lo mucho que extrañaba el campo. Pude ver que algún día regresaría a seguir con sus abejas y vacas encargadas a su hermana durante su prolongada ausencia.

A todo se acostumbra uno

Su vida había sido esa y así la tomaba. “Ya me acostumbré” contestaba a todas las preguntas que hacía yo para entender si los dólares podían pagar tanto desgarro. Sentí una profunda compasión por Marcelino, por esa tierra y por las circunstancias, de las que ya no sería juez, que los llevaron a separarse. Entendí por qué veía sólo viejitos con sus burros y los campos sin árboles, sin milpa y sin gente. Ejidos por los que tanto se había luchado años atrás, dejados a la inclemencia de la sequía guanajuatense. La belleza natural que vi en este lugar y por la que lo escogí, era el resultado de la transformación del abandono de sus hombres y de la visión del México que la sustentaba. A todo, menos al hambre, se acostumbra uno.

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