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Comedores comunitarios: manos que nutren

Comedores comunitarios: manos que nutren

Por Laura Gisela Agudelo Álvarez, Maestría en Proyectos Socioambientales

“He aquí un relato popular donde se explica la diferencia entre el cielo y el infierno: en el infierno hay una mesa con numerosos platos que contienen suculentos manjares. Pero los comensales tienen una mano atada a un tenedor muy largo y la otra a un cuchillo también muy largo, de modo que cuando cortan y pinchan el alimento no pueden llevárselo a la boca de ningún modo- Terrible tortura. ¿Y el cielo, cómo es el cielo? Pues la situación es la misma: una mesa llena de exquisitos manjares donde los comensales tiene las manos atadas a tan extraños cubiertos. La única diferencia es que aquí, en el cielo, cada uno corta y pincha alimentos para llevarlos hasta la boca del otro.” Joseph María Esquirol (2015, p. 72)

A raíz de la agudización de la crisis alimentaria por el COVID, durante 12 semanas estuvieron en funcionamiento cuatro comedores comunitarios en Valle de Bravo: uno en el barrio El Calvario, otro en Colorines, uno más en Mesa Rica y otro en San Nicolás. Cada uno entregó entre 120 y 180 raciones diarias de comida.

Los comedores han sido objeto de programas de gobierno en diferentes momentos. Sin embargo, en este caso particular, fue la iniciativa privada la que pudo gestionar de manera efectiva esta estrategia en un momento crítico para alimentar a tantas personas en condición de vulnerabilidad. Esto solo es posible con el concierto de varias voluntades y bolsillos; más aún, esta generosidad logró materializarse gracias a las manos de aquellas personas, en su mayoría mujeres, que dedicaron sus días a cocinar y servir a los demás, por vocación y devoción. Mary, Catita, Rosita y Cynthia, encargadas del comedor de El Calvario, me inspiraron para escribir y hacer visible la belleza que tantas veces se pasa por alto y que habita en el corazón de tantas mujeres que nutren la vida.

 

Juntarnos para nutrirnos

Como admiradora y consumidora de la comida tradicional casera y callejera del México que conozco hasta ahora, necesito esfuerzo y generosidad para añorar la cultura gastronómica de mi país, Colombia. Sin embargo, recuerdo frecuente y vívidamente los sábados de fríjoles[1] cargamanto[2] y aguacate, chicharrón (carnudo), patacón con hogao, cebolla encurtida en limón y sal y sobremesa de mazamorra[3] con trocitos de panela (piloncillo). Ya se que palidece de sencillez este plato al lado de un mole de guajolote o unos chiles en nogada, pero la receta no es lo esencial aquí. Es otro rasgo el que busco destacar: desde la casa de mis abuelas hasta la mía propia, el día de los frijolitos con chicharrón significaba abrir la mesa no solo a la familia que pudiera juntarse, sino a cualquier invitado que alguno quisiera agasajar. O a cualquier persona que hubiera llegado justo a la hora de servir. Siempre hubo comida para todos.

Esa acogedora costumbre la vivo aquí cada vez que salgo a campo o visito a una vecina. Regreso repleta de la generosidad de mujeres humildes que mantienen encendido el fogón. Compartir los alimentos nos regresa a lo esencial de juntarnos para nutrirnos, para tener un momento de tregua y comunión.

Tuve la fortuna de ser parte del equipo que facilitó las hortalizas, tortillas, panes, pollo y lácteos de producción agroecológica para uno de los comedores comunitarios de Valle de Bravo reactivados por iniciativa del contador Gabriel Olvera. La red El Renacer del Campo, gracias a la gestión de la Fundación Procuenca consiguiendo y administrando los generosos recursos de particulares sensibles y afines al proyecto, pudo abastecer casi el 100% de los vegetales y el pollo preparados en El Calvario por las cuatro mujeres que mencioné, orquestadas por María.

 

Servir a su gente, el comedor de El Calvario

María es una gran cocinera, experta en ese portento de la culinaria que consiste en lograr sazonar ollotas de más de 100 raciones usando la mínima cantidad de cubito Knorr. Ella dice que no le gusta el Knorr y le creo, ama cocinar desde cero y sin ninguna flojera. No creo que lo dijera por mi cara de vegetariana.

Durante cinco años, María estuvo al frente del comedor comunitario de El Calvario, cocinando y sirviendo a diario para 70-80 personas; cuando finalizó el programa, decidió seguir apoyando a la gente cocinando 30 órdenes diarias de comida corrida muy económica: $30 por sopa, arroz, frijoles, guisado y tortillas. Una vez se reactivó el comedor a raíz del COVID, María tomó nuevamente el liderazgo, de la mano de esas otras mujeres ávidas de cooperar. Ella no dejará de cocinar para su gente, con subsidios o sin ellos, hace lo imposible por hacer del alimento una experiencia accesible y gustosa para los que no pueden pagar mucho por este derecho que es comer de manera equilibrada.

Catita es una mujer menuda y sonriente que habla con emoción y orgullo de su trabajo: hace 20 años vende Yakult por las calles de Valle de Bravo. Ya tiene sus clientes, los visita semanalmente para levantar las ventas que rondan entre $120 y $400 diarios. Me comenta que depende mucho de su empeño. Esta temporada es un poco más difícil para ella, las lluvias complican el acarreo del carrito con la mercancía; su esposo le ayuda a veces, él ya no puede trabajar, así que la venta de este producto es el único ingreso de la familia y ella lo agradece, así como el viaje a Japón que se ganó hace unos años cumpliendo metas de venta para la marca. A raíz de esta crisis, decidió repartir su tiempo entre el servicio al comedor comunitario y la tarde para la venta de Yakult. Catita valora ser su propia jefa y disponer de su tiempo; durante 12 semanas decidió disponerlo al servicio de los demás. Es una convencida y defensora de la salud que empieza por el buen comer y por los intestinos.

Rosita fue la primera con la que tuve una comunicación frecuente; llenó la memoria de mi teléfono con sus envíos semanales de 30 fotografías y videos de las preparaciones del día, de la repartición de los panes dulces, el yogurt, la mermelada. Siempre tuvo tiempo para compartir esa emoción de servir y servir bien a los demás.

Democratizar la salud a través de la alimentación

Gracias a nuestras conversaciones con estas mujeres confirmé que es poca la verdura fresca que puede fácilmente ofrecerse a la gente en estos volúmenes. Así que fue con ella que orquesté la preparación de una gran ensalada con las hortalizas de El Renacer del Campo para invitar a la gente a incluir más verde vivo y crujiente en su alimentación. Aprovecharíamos su repartición para contarles a las personas acerca del alimento agroecológico y local.

Fuimos ingenuas. La gente quiere llevarse su comida calientita a casa antes de la lluvia. Además, recibir alimentos es un acto de vulnerabilidad, recibirlos de un extraño, es quizá una experiencia que reta nuestra humildad y que no invita propiamente a una conversación.

Quedamos muy contentas con la ensalada. Todo tiene posibilidades de mejora, pero fue una oportunidad más para conversar entre nosotras acerca de la importancia de no cocer de más los alimentos, de la confianza de comerte unas hojitas y unos jitomates crudos cuando sabes que fueron cultivadas sin agroquímicos y, de la empatía y simpatía que despierta conocer las historias de las personas que los cultivaron.

Rosita trabaja haciendo el aseo en las oficinas de gobierno de Valle, en este tiempo sin empleo, ella y su hija Cynthia decidieron dedicarse a contribuir a la alimentación de los más necesitados.

Pronto volveré a visitar a Mary, a Catita, a Rosa y a Cynthia para comer las delicias que prepara Mary, y seguramente para disfrutar una ensalada fresca. Por el momento, hemos conseguido juntas, y gracias a la generosidad del ajuste de precios de los productores de El Renacer del Campo, abrir un nuevo mercado para la producción agroecológica en el barrio El Calvario. Es una aspiración a la que siempre había querido acercarme: la des-elitización del consumo de productos sanos. Con una buena coordinación entre ellas, El Renacer del Campo y Procuenca, esperamos seguir adelante; alimentando con lo mejor a un mayor número de personas.

Veo distante compartir una frijolada con chicarrón como las de aquellos sábados, estoy lejos de la familia y no sé hasta cuándo. Ahora soy yo quien trata de establecer relaciones en torno a los alimentos. Para ello esta cuenca ha sido el mejor territorio posible. Ya perdí la cuenta de las tantas veces que me han brindado un taco que se convierte en cuatro, con una variedad sorprendente de guisados y uno, dos, tres pulques. Todo esto por el simple hecho de estar ahí, de compartir, de calentar el corazón al calor del comal y en la práctica de la presencia. Hoy quiero agradecer a todas aquellas manos que nos nutren día a día con tanto amor. Incluyo las mías que dispongo para hacer del buen alimento una experiencia de generosidad en lugar de una forma más de exclusión.

 

Referencias

La resistencia íntima: ensayo de una filosofía de la proximidad. Josep Maria Esquirol. Editorial Acantilado. 2015. Barcelona, España. 192 p.

 

[1] Sí, en Colombia acentuamos los fríjoles de forma esdrújula. Y además, algunas abuelas y abuelos y gente de campo, cambia la “j” por una “s” y ahí vuelven a ser graves “los frisoles”.

[2] Cargamanto es la variedad regional de frijol más consumida en Antioquia y la preferida para el plato típico: “la bandeja paisa”.

[3] La mazamorra es la bebida que de manera tradicional se toma después de los fríjoles. Hecha con maíz peto, es decir, maíz trillado o pelado y muy cocido. Servida con leche acompañada de piloncillo o algún dulce de leche. Se come con cuchara para que cada bocado tenga líquido, maíz y algo dulce. Para beber frío se elige el “claro” que es lo mismo pero sin granos. La mazamorra se sirve caliente o fría.

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