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Experiencia tabasqueña: entre el cacao y el habanero

Experiencia tabasqueña: entre el cacao y el habanero

Por Natalia Tavera, Maestría en Turismo Sostenible

 

Tabasco, más que un espacio geográfico, es un sentimiento. Para mi es un estado de ánimo. Al hablar de Tabasco me decían “¿Qué vas a ir a hacer en Tabasco?” o ¡¿Tabasco!? ¿Vas a pagar por ir a morirte del calor!?. En los países siempre hay zonas que se desarrollan más que otras generalmente obedeciendo a intereses económicos o geopolíticos, otras regiones quedan en el olvido del proyecto nacional o, incluso, de la mira de los viajeros. Este es el caso de esta región ubicada al sur oriente de México sobre el Golfo de México, una antigua zona de explotación petrolera con poco flujo de viajeros. Por una serie de casualidades llegué a la Ruta del Cacao, un pretexto para conocer aquella región olvidada. La riqueza de México es infinita, tanto que aún tiene el privilegio de contar con lugares salvajes e inexplorados como el delicioso ¡Tabasco!

No, la salsa Tabasco no es tabasqueña la hacen en Estados Unidos y si, hace un calor del mal. El punto de encuentro fue Villahermosa, conocida por ser capital de la explotación petrolera en la región. Existen diferentes iniciativas para diversificar las fuentes de ingresos y, de hecho, la Ruta del Cacao es un viaje para explorar estas alternativas a través de visitas a comunidades organizadas en torno a la producción del fruto y la semilla. 

 

La Ruta del Cacaco

A través de un viaje gastronómico se descubre la región y se aprende sobre el delicioso cacao. Llegar es muy fácil, 1h 20m de vuelo desde Ciudad de México (también hay vuelos de Guadalajara y Cancún) o, si se siente más aventurero, se puede tomar un autobús de 10 – 12 horas desde la capital del país (hágalo si se va a quedar más tiempo, o siga su viaje hasta Yucatán). 

El alojamiento para esta salida fue en una hacienda en Comalcalco a 1 hora de Villahermosa (si no es de hostal, la opción es el Casa Real). La Chonita, es un hermoso proyecto liderado por Eduardo quien recuperó y reconstruyó una edificación de mediados del siglo XIX. 

Después de que se reuniera todo el grupo, salimos por nuestra primera comida en El Acuario un restaurante local en un muelle sobre la ciénaga del golfo. Lejos de estar en la mira el cacao, esta primera tarde/noche transcurrió entre aguachile (mi preferido y el responsable de mis picadas más salvajes: un ceviche con mucho chile especialmente habanero), tortillas al ajo, mojarra frita con salsas mexicanas y muchos, pero muchos mariscos. El almuerzo se convirtió en cena mientras escuchábamos historias de nuestro conductor y nuestro guía. Al bajar el sol sobre los mangles y el agua, se dio un momento ideal para observar aves y simplemente contemplar. 

Después de una agradable noche en un dormitorio compartido (así es, son 6 camas con 1 ventilador) y un desayuno ligero con café y fruta, salimos hacia nuestro día de visitas para aprender más sobre el cacao y, por supuesto, seguir comiendo. Nuestra primera parada fue en un puesto de carretera para probar el Pozol, bebida prehispánica, base de la alimentación de la región. 

Al estilo de la antiguo los tabasqueños, como sus ancestros mayas y olmecas, consumen una bebida de súper alimentos a base de cacao y maíz en una totuma o jícara. Con un sabor similar al del chocolate este refrescante elixir es ideal para largas jornadas de trabajo y mantener una nutrición balanceada. 

 

La nueva tendencia debe ser el Turismo Transformativo

Más tarde visitamos un proyecto social a cargo de Doña Estela. Ella, una empoderada y auténtica tabasqueña, usa su liderazgo para entrenar a miembros de su comunidad locales en la producción del cacao para poder emprender y así generar un desarrollo local sostenible. El mensaje es claro: “Del cacao no se desperdicia nada” dice Noemí, una de las mujeres de este colectivo y Leonel, uno de los hijos de Estela. En repetidas ocasiones hacen énfasis en la importancia de rescatar su historia, cultura y tradición. Estamos haciendo parte de un turismo transformativo que además de ofrecernos a los viajeros experiencias profundas, logramos ser parte de cambios sociales. Es la nueva conciencia del turismo y hacia donde debe ir la industria: viajar para transformar. 

Una nueva comida me estaba esperando: deliciosa tortilla frita y crujiente rellena de queso y camarones frescos acompañada, por supuesto, de una salsita de habanero. Se sirven muchos caldos, especialmente de camarón, pero por el calor no me animé a pedirlo. Más tarde continuamos hacia un improvisado muelle para abordar una rústica embarcación donde Albino, su capitán, nos llevó a pescar y a navegar por la ciénaga entre los manglares. Otro increíble atardecer bajo el cielo tabasqueño poniéndose de colores naranja, ocre, rojo y, al mismo tiempo, la luna llena imponente asomándose por el horizonte. Tiempo perfecto para saltar al agua, nadar, contemplar y disfrutar. Las largas chimeneas de los enclaves crean un paisaje surreal, naturaleza e industria pero entre ello los humanos disfrutando. La fogata que se hizo en el atolón de arena terminó convirtiéndose en baile y cerveza, celebrando una jornada triunfante de cacao, transformación social y amigos. 

El tercer día comenzó de forma perfecta: cata de chocolates en la Hacienda la Luz quienes son los orgullosos productores de los Chocolates Wolter (Oro en los International Chocolate Awards). La degustación de alta cocina está liderada por chefs de repostería y uno de los fundadores del lugar. A la altura de un vino o un whisky, se catan estas dulces delicias para encontrar sus contrastes, rastrear sus sabores e identificar los gustos. Mi preferido: el bombón de maracuyá, ¡qué delicia! 

La visita termina con un recorrido por la hacienda para aprender más sobre el cacao y descubrir, por ejemplo, que es una pasada desde el momento en el que se abre el fruto y se disfruta la semilla (¿ha probado el mucílago? Quizás lo más rico del fruto). También se pueden ver otras especies de árboles que producen allí como la pimienta, canela y mango. 

En la tarde visitamos otro proyecto de la comunidad llamado DRUPA donde hay investigaciones sobre el uso del cacao, demostraciones y más catas de chocolate. Destaco este lugar para los niños (o adultos que disfrutan poniendo chocolate en tu cara) pues es la oportunidad de jugar un poco con el cacao, embarrarse y reír a carcajadas… o no.  

 

La noche termina con una sorpresa: un costal de 20 kilos de ostiones recién sacados del agua. Nuestros guías, como todos los tabasqueños, quieren demostrar su amorosa hospitalidad y orgullo local a través de la comida. Cocinando los ostiones a las brasas, pescados empapelados, cerveza y salsas picantísimas termina esta noche del sábado santo en la Hacienda La Chonita

 

Mi último día en Tabasco empezó en Villa Encantada. Las peleas de novios en restaurantes, el regaño de mis papás en la mesa o un habanero demasiado picante, han sido las pocas cosas que me han hecho llorar mientras ingiero alimentos. Pero las señoras que nos recibieron en este lugar lograron conmover lo más profundo de mi a través de su amor expresado en delicias gastronómicas. Hablamos más del cacao, ya puedo distinguir entre un criollo y un forastero y que me gusta mi chocolate amargo. Mis lagrimas empezaron a salir tras comerme un bocado de uno de los alimentos más ricos que me he comido en mi travesía de 4 años por México: una tortilla crujiente con manteca de puerco embarrada en frijol negro, seguido de una cama de chicharrón en migajas con un topping  de plátano maduro asado a las brasas. 

El verdadero lujo son las experiencias únicas

No entendí hasta un día después lo que había pasado, me había comido a México y a Colombia en un bocado. Mi pasado y mi presente se encontraron en Tabasco, mi nostalgia por la tierra que extraño y mi emoción e incertidumbre por el lugar en donde vivo. Extrañé a mi abuela, a mis hermanos, a mi hermosa Bogotá, y amé (aún más) a mis queridos amigos colombo-mexicanos. Fue un momento emocional acompañado de personas increíblemente cálidas que abren las puertas de su hogar para recibir a extraños, con el fin de transmitir su cultura tabasqueña y comunicar su tan rica herencia cultural. 

Me lo enseñó mi mamá desde el día #1 en Kiboko Voyages: el lujo no es el precio, ni el lugar donde te quedas, sino las experiencias que vives. Acá reafirmo una vez más mi aprendizaje de todo este amor y cambio que queremos transmitir a través de los viajes. Gracias a los chicos de Ruta Origen, a Tabasco y a mi queridísimo y amado México. 

Nuestra ruta concluyó con una visita a las ruinas de Comalcalco del ca. 700 aec., predecesoras de la cultura Maya y, por supuesto, con una comida de despedida en Cocina Chontal. Este proyecto gastronómico busca rescatar la tradición tabasqueña y presentarla de una forma deliciosa y auténtica en uno de los mejores restaurantes de la región. Con un cálido y afectuoso abrazo me despido de Medel y de David (guía y conductor, ¡tipazos!), y de todas las hermosas personas que me recibieron durante este viaje. Me voy con la promesa de regresar cuanto antes para seguir aprendiendo y para involucrarme más de cerca con la evolución de esta transformación ecosocial. Y claro, a ser una embajadora, no del cacao como Doña Estela, sino de Tabasco. ¡Vámonos! ¿Quiere viajar conmigo? 

 

Alguna información general:

Ubicación: Golfo de México, Estado Tabasco.

Clima: Cálido y húmedo, temporada de lluvias durante el verano (mayo – septiembre) 

Temperatura: Máximo promedio 38ºC mínima promedio 20ºC

Conocido como: El edén de México, principal productor de Cacao, Pemex.

 

Ruta Origen es un proyecto de dos estudiantes de la UMA:

 https://www.rutaorigen.com/reserva

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